martes, 27 de noviembre de 2007

Reserva de alojamiento - Temporada 2008


Estimados,


el corazón es grande pero la casa no lo es taaaaaaaanto. Por ende, si quieren privacidad, vayan alquilándose alguna cabañita. Caso contrario, si no temen a la ensalada rusa, los juguetes en el piso y el crujir de los pisos, serán bienvenidos.


Por eso, propongo que vayan reservando su lugar en mi casa mediante los comentarios. De esta manera, el que quiera venir, verá cuándo habrá lugar en casa y cuándo será un quilombete. Simplemente, para que puedan organizar sus vacaciones...

lunes, 26 de noviembre de 2007

Santuario

Cerca de la una de la mañana. Silencio afuera. Adentro, suena Pata Negra bien bajito porque los chicos duermen. Inauguro mi nuevo santuario. No tiene techo abovedado ni crucerías como soñé. Estoy sentada frente a un escritorio limpito, y tengo delante de mi un ventanal enorme, casi del techo al piso, que da al frente de la casa.Un par de metros de un intento de jardín, una cerca que me empecino en llamar tranquera y una calle de tierra que mirándola desde donde estoy, va en bajada hacia la derecha. En la vereda de enfrente, una plaza, y más allá, una decena de casas estilo alpino que van subiendo la montaña para formar parte de mi paisaje. Cerca de la una de la mañana y se escuchan los teros que juegan en la plaza. Una brisa fresca entra por la única ventana que está abierta. La luz de la luna me muestra la cima irregular del cerro y se dibujan las siluetas de los árboles más altos. Tengo un buzón de madera,con forma de cabaña. Una cerca perimetral de alambres escondidos debajo de un millar de retamas. Tengo una escalera de madera que cruje y rosales en el jardín. Tengo una rampa que Iñaki confunde con un tobogán y una galería en la que Guada anda en bicicleta. En fin, tengo mi santuario en medio del paraíso.

martes, 20 de noviembre de 2007

Por fin!!!!

Hemos llegado, finalmente. Ya vendrán fotos cuando instalemos nuestra Pc.
Por lo pronto, confórmense con saber que tengo un cerco de retamas amarillas.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Ultima noche

Son casi tres y media de la mañana. A las 9 viene el camión a llevarse todo, menos la casa. Parece que no dormiremos esta noche, la cosa va para largo. Las cajas se acaban y los rollos de cartón se hacen finitos.
Estoy creando un registro fotográfico de esta mudanza. Lo verán una vez que me establezca, y sólo Dios sabe cuándo sucederá eso.
Pienso en lo que falta, y me dan ganas de retirarme ya. Pienso en quienes hoy hicieron mi día más llevadero y me tranquilizo un poco.
A ustedes, gracias por el almuerzo, por la hermosa libélula que se parece a vos que sos medio pájaro porque siempre estás en las nubes, y gracias por el último café.
Hasta aquí, desde Buenos Aires...

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Misceláneas

"You, complete me."

domingo, 11 de noviembre de 2007

Bodas de plata


Te conocí hace 25 años. Colombres 721. Yo esperaba que el micro me pasara a buscar en los sillones de cuero negro del hall de entrada. Vos pasabas con tus enormes moños en la cabeza. Unos días antes de comenzar tercer grado, me dijeron que seríamos compañeras. Recuerdo que tu mamá me pidió que te cuidara, incluso, que te acompañara al baño. Y yo lo tomé al pie de la letra. Nunca más te dejé sola. Nos volvimos una, y aprendimos a ver con los ojos de la otra. Funcionábamos en bloque, donde iba una, la otra la seguía. Nos fuimos juntas de vacaciones; de chicas, de no tan chicas y de grandes. Nos compramos el mismo vestido marrón en lo de Carmen, ahí sobre la calle Estados Unidos, y nos poníamos de acuerdo para no usarlo en el mismo cumpleaños. Nos prestábamos los juguetes por el ascensor y hasta hablábamos por walkie-talkie desde nuestras casas. Llenamos de Micky Moco el aparador de tu mamá más de una vez. Insistimos una docena de veces en criar Seamonkies para terminar siempre tirando los cadáveres al inodoro. Compramos toda clase de estupideces en lo de Zulma, y corríamos entre el millar de cosas del negocio de Julio. Nos empachamos con el mantecol de la Convidosa y cada tanto, nos íbamos a la peluquería de Rubén Frúmboli. Fuimos a la mueblería de La Pipetúa y a danzas en lo de Títi, donde una vez, para una fiesta de fin de año, me disfracé de Morticia. Años después, en tu cumpleaños de quince, me saqué el anillo en las cintitas de la torta, y nadie nos creyó que había sido casualidad. Nos quedamos afónicas de tanto gritar en una veintena de recitales. Pagamos fortunas por algunas cenas shows. Nos vestimos como princesas para encontrarnos en el baño con Diana María. Aprendimos juntas a tomar champagne, para descosernos de la risa en un baño de 1x1. Quisimos aprender a bailar flamenco, para desistir al mes por pataduras. Y unos años después, por esas cosas que tiene la vida, nos alejamos. Lloré desconsoladamente durante dos años. Te soñaba y Néstor me despertaba a los sacudones porque lloraba dormida. Cuando llegué al punto de no soportar más tu ausencia, decidí volver, y a cualquier costo. Y nos reencontramos más unidas que nunca, para comenzar una etapa de a cuatro. Y al año siguiente quisiste que yo fuera la madrina y unos años más tarde tuviste una ahijada. Tal como lo habíamos planeado veinte años atrás. Y los tiempos y las circunstancias de cada una fueron muy distintos. Y nos alejamos un poco, pero sólo físicamente. Y ahora nos despedimos para alejarnos aún más. Pero nos fundimos en un abrazo lleno de lágrimas que me transporta a ese hall con sillones de cuero, o a ese 8º F o al 2º A y nos veo con dos colitas y jumper gris con nuestros bebés de Jolly Bell a upa. Así quiero recordarte, cerca amiga, muy cerca.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Nuevos pagos

Éste, será mi barrio.



Y la del medio, la blanquita, será nuestra casa.









miércoles, 7 de noviembre de 2007

Lo que me quedaba de niña

Un puente me dijo el odontólogo. Tratamiento de conducto en la muela, te saco el premolar de leche y hacemos un puente. Lo primero que pensé fue: Lo que me va a salir ésto, ya me hice una corona este año, así que Osde no me lo cubre. Un minuto después vinieron a mi cabeza esos ganchos que tiene la gente grande en la boca, que se ven del lado de afuera de la mandíbula, sosteniendo varios dientes. Uy, qué vieja estoy. Y por último me acordé de mi premolar de leche. Durante veintipico de años, cada odontólogo nuevo que me atendió me dijo lo mismo: tenés un diente de leche, ¿sabías?. Cómo no iba a saberlo, primero porque es mi boca, segundo porque me lo recordaron toda la vida y tercero porque era tremendamente notorio. Casi diminuto entre los otros dientes, aprisionado, cortito. Y me senté en un sillón ese viernes, para dejar en una bandeja de acero inoxidable el último vestigio de mi niñez.

Misceláneas

"Y éstos, son cristales de Checoslovaquia."

martes, 6 de noviembre de 2007

Tranquilos, que ya me voy

Esta mañana aparecieron unas manchas de sangre en el piso. Parecían nacer en el pasillo que va a los dormitorios para desaparecer en el baño. El gato durmió afuera, por lo que queda descartado. Y para ser huellas del perro eran demasiado chicas. Como óvalos, con un círculo limpio en el medio. Lo raro es dónde comenzaron. No tiene sentido.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Marioneta

No tiene vida propia. Manejan sus hilos sin preguntarle siquiera cómo está, cómo se siente, qué necesita, qué anhela y qué no quiere. Su tiempo ya no es suyo, su espacio ya es de otro. Sus esperanzas se agotan. Sus lágrimas se secan y la incertidumbre se torna insoportable. Grita cada vez más fuerte pidiendo clemencia y nadie escucha. Quiere resolver, pero su cuerpo está inmóvil, su boca cerrada y sus manos atadas. Cierra los ojos y los vuelve a abrir para encontrar día a día los hilos de la misma atadura. A veces es otro quien los mueve, o el mismo que adopta otro rostro para hacer aún mayor el desconcierto. Alguien le está usando las alas.

Misceláneas

"Chofer, ¿me baja a la señora en el zoológico por favor?"

domingo, 4 de noviembre de 2007

Vudú


Tuve que probarla. Puse mi mejor cara de fayuta y la saludé como siempre. Pude haber hecho algún comentario irónico, pero me abstuve. Por él, no por ella. Creo que había preparado pastas, y saqué las copas finas, las de cristal. Cuando llegó, estuvimos unos minutos a solas. Me parecieron horas. El silencio me incomodaba y me interné en la cocina para parecer ocupada. Había sido rubia, y tenía el cabello negro por capricho de él. No sé de qué se habló esa noche en la mesa. Me escudé detrás del vino para evitar el daño. Yo lo había pedido. Yo quise tenerla sentada allí, frente a mí. La estudié desde mi silencio. Centímetro por centímetro la miré para encontrar algún indicio que confirmara mi sospecha, y su engaño. Y nada los delató.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Misceláneas

"Ladislao, ¿Estás ahí?"
"A tu lado, Camila."

jueves, 1 de noviembre de 2007

Tormenta de cambios


Un viernes por la noche se fueron para el Litoral. Cargaron un bolsito, el mate y las ganas de estar juntos. No hacía mucho que se conocían, pero se llevaban bien. Llovía mucho, y éso lo hacía más interesante aún. El ruido del agua en el techo de chapa de la habitación del hotel los envolvía. Cuánto más segura se sentía abrazada en la cama. Amaneció fresco y los rastros de la tormenta se evidenciaban en la calle. Por la noche, cenaron frente al río. Una vez terminado el vino, y cuando él ya había juntado el coraje suficiente, sacó de su bolsillo una cajita. Con una mano tomó la de ella y con la otra se la entregó. Ella la miró sorprendida. Era roja, de metal y con un borde grueso, plateado. La abrió esperando ver una lapicera, y encontró las alianzas. Lo miró, y él le preguntó si quería casarse. Pagaron y dieron vueltas hasta encontrar la Catedral del lugar. En la puerta, ya de madrugada, vistió de oro su dedo anular ante Él como testigo.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Misceláneas

Bajo este título, leerán las frases que cada tanto vienen a mi memoria. Algunas conocidas, otras no tanto, y muchas sólo yo las he escuchado. Todas, han quedado grabadas en mis entrañas por distintos motivos.
"No se cuál de las dos me gusta más, si la de negro o la de blanco."

martes, 30 de octubre de 2007

La barra de Don Bosco

Virrey Liniers al 100. Ella vivía en el primer piso de un PH. Hija única del matrimonio de sus padres, aunque tenía dos hermanas mayores y un cuñado, Cacho. No recuerdo cómo se llamaba la madre, qué señora macanuda. El padre en cambio, era un tiro al aire. Recuerdo una vez que faltó dos días de su casa, dijo que no sabía dónde había estado y hablaba sobre extraterrestres. No sabíamos si reír o llorar, pero él era así. Inimputable. Los viernes nos instalábamos en esa casa para comenzar un pijama party que duraría todo el fin de semana. Algunas nos quedábamos hasta el domingo, otras se iban los sábados. Abríamos las ventanas del comedor, la música fuerte y atados de More mentolados por todos lados. A veces bajábamos y nos quedábamos en la vereda hablando con medio mundo. Era un barrio joven, lleno de historias, de nombres, de músicos y de gente que terminó en televisión. Nos recuerdo adultos, hablando y actuando como si tuviésemos 30 y cuando nos veo en el video de mi cumpleaños de quince, nos reconozco niños, tan cabezas frescas, tan inconscientes.
Hoy recuerdo algunos nombres, algunas fiestas, cierto metejón. Muchas desilusiones.
Y me pregunto qué habrá sido de la vida de ella, y de Cacho.

domingo, 28 de octubre de 2007

Me recuerdo en tus manos


Alguien me recordó sobre sus manos. Que eran iguales a las de su abuela, aunque sin las pulseras fabulosas ni el esmalte clarito. Sí llevaban anillos simples. A veces yo le limaba las uñas, ella no veía bien. Y aunque no escribían dedicatorias hermosas con letra chiquita, sí rezaban por mí. Estaban llenas de arrugas y los dedos mostraban los signos de la artrosis; y aún así eran hermosas. Suaves como pocas cosas que he tocado. Sin marcas, sin asperezas, hidratadas casi hasta la inundación. Transparentes, de piel finita. Toqué su mano antes de irme esa noche. Recorrí su dedo índice, falange por falange, para robarme su suavidad y recordarla así. De seda.

viernes, 26 de octubre de 2007

Un nuevo juego


Y ahora comienza la despedida de ellos. Son sus últimos días en el Jardín que los cuidó desde los dos meses de vida. Cambiaremos los nombres de los amiguitos, de las seños y aprenderemos otras canciones. Mañana es el día de la familia, y el último acto que compartiremos juntos. El lunes les hacen la despedida, con globos y chizitos. Y mientras tanto, dos nuevas sillitas son reservadas para el año que viene a 1600 kilómetros de distancia. En una casa de madera, con árboles en su patio, a tres o cuatro cuadras del lago. Cambiarán sus horarios, se levantarán más tarde, almorzarán con mamá y tendrán siete horas más por día para jugar en casa, o afuera, cerca de la montaña. Aprenderán en el jardín a tomar mate, a andar en bicicleta con rueditas y tendrán compañeritos mapuches. Harán campamentos, y en quinto año llegarán a la cima del Lanín.

Ellos, más que nadie en el mundo, merecen comenzar el juego de la vida.


lunes, 22 de octubre de 2007

Némesis


Noche de calor, viernes, after office. En este afán que tengo últimamente de despedirme en continuado, me encontré con dos amigas. Tomamos primero unos mates, y a primera hora de la noche, taxi mediante, partimos rumbo a Plaza Serrano. Nos enteramos en el camino, gracias al chofer, que la plaza se llama Julio Cortázar, que trabajar frente a una computadora no permite que se oxigene el cerebro, por lo que hay que ponerse de pie e inspirando al son de 1,2,3,4 - 1,2,3,4 parar un poco porque no se puede vivir así. Nos bajamos en una esquina de la plaza y comenzamos a rodearla buscando algún lugarcito donde picar algo sentadas en la vereda. Después de dos vueltas, y cuando mis zapatos ya no me permitieron caminar más, encontramos un lugar todo monono con mesitas bajas, bancos con almohadones blancos y mozos vestidos cual monjes tibetanos. Picada para dos, abadejo para una y vino tinto para las tres. Casi inevitablemente terminamos hablando de gente conocida. Recuerdos viejos, algunos demasiado. Mucha gente alrededor, mucho idioma extranjero. Copas enormes y unos postres de antología. La charla se fue tornando cada vez más interesante y terminamos seis sentadas a la mesa, en vez de tres como cuando llegamos. Cada una dejó salir a su némesis y nos enredamos en confesiones inimaginables. El cielo se tornó rosado, el viento de tormenta soplaba por Honduras y los frutos de vaya a saber qué árbol me producían alergia. Me hubiese quedado vagando por esas calles durante horas, recordando lo fresca que se pone la noche cuando comienza a amanecer. Pero tome un taxi, y le pregunté si me llevaba a provincia.

viernes, 19 de octubre de 2007

La prueba de nuestro delito

Un poco por seguir al pie de la letra el libro de Doña Petrona, otro poco aprendido en los años de cocina en el convento, ella sabía cocinar como los dioses. Todo le salía exquisito. Hacía unas galletitas de canela con una nuez en el medio que eran para morirse. Unos fideos rellenos que sólo probé en dos oportunidades porque le daban mucho trabajo. Su pastel de papas, increíble, con esa masa en el fondo, que parecía una confitura. El guiso de alcahuciles, con el que todos nos chupábamos los dedos. La ensalada de tomates, mágicamente aliñada. Su pizza casera, finita, bien finita, crocante. Un pollo a la cacerola, con papas, ajo y perejil, que me encantaba y a veces, hoy preparo a las perdidas porque alguien come de mala gana. La tortilla de papas, sequita como me gusta. Hasta la soda le salía rica, la recuerdo en el lavadero, garrafa en mano luchando con el Drago. Y su receta magistral, las empanadas. No voy a dar las proporciones, porque es su receta y sólo yo puedo repetirla. Pero supo combinar a la perfección, la margarina, la cebolla, la carne picada, el pimentón, el orégano, ají molido, huevo duro y las aceitunas. Y así como nos encantaba con su manjar, todos los que comíamos en su mesa, caíamos indefectiblemente en su trampa. Ella no descarozaba las aceitunas, sino que las usaba de señuelo, como prueba del delito. Y era su costumbre al terminar de comer, contar los carozos en los platos de los comensales. Confieso que alguna vez, puse ante cierta distracción, un carozo propio en un plato ajeno.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Paciencia

Ya vendrán más historias...estoy juntando coraje...me está pasando una mudanza por encima y ya no tengo 20 años, aunque no se note por lo espléndida que estoy...

viernes, 12 de octubre de 2007

El mundo de los pequeños


Como si no hubiese tenido suficiente con la biblioteca, llegó el turno de los juguetes. Los de bebé, los de nena y los de nene. Barbies, sonajeros, juegos de encastre, libritos de goma eva, cocinitas, sets de maquillajes, juego de doctora, pileta para lavar platitos, muñecas en bañaderas, baldes, palitas, rastrillos, peluches, Barney, rocola de Barney, BJ, más Barney, cajas de supermercado, con lector de código de barras y todo, muñecos de goma para el baño, inflables, juegos de mesa, zapatilla, triciclo, bicicleta y auto, muñecas de trapo, animalitos de arrastre, juegos de masa para moldear, rompecabezas, rastis, memotest, pizarras mágicas, teléfonos, juegos con sonidos de animales, pelotas, autos, carteras de princesas, espejos de princesas, varitas mágicas de princesas, coronitas de princesas, cepillos de princesas, juegos de mate, de té, de café, sartenes, ollas con y sin tapas, vasitos, jarras, platos de todas formas y colores, cubiertos de todos los tamaños, muñecos de la cajita feliz, narices de payaso. Un laburo de locos, todo el día separando lo que sirve de lo que no, lo roto de lo sano, las piezas chiquitas aparte para que no se pierdan...en fin. ¿Todo para qué? Para que estén todo el día mirando películas y hojeando libros de cuentos...

miércoles, 10 de octubre de 2007

La Biblioteca de Alejandría


La miré siempre con un poco de miedo. Me sentaba en el sofá a contemplarla, y jamás pude terminar de descubrirla. La conocí enorme, policromática. Y fuimos, durante muchos años, añadiéndole tesoros. Muchos los dí por perdidos, de otros me olvidé, y a algunos los sacaba cada tanto para incrementar mi dosis de melancolía. Hace un par de días que comencé a desmembrarla. El polvo de años me cubrió y dejó a la luz ciertas cosas que alimentaron el alma de mucha gente durante tanto tiempo. Encontré libros gigantescos, de hojas amarillas con bordes comidos, editados en 1892. Prolijamente forrados, con mapas de exquisitos detalles, descripciones de un Ecuador tan viejo y tan bonito, que dan ganas de sentirlo como propio. Hallé miles de postales de los más diversos lugares del mundo, escritas, pero no pude saber por quién ya que estaban pegadas en dos álbumes. Vi muchas fotos, en blanco y negro y algunas en sepia. Sólo pude reconocer sin titubear a ella, de unos quince años más o menos, en el festejo de una comunión. Y esa torta sobre la mesa, tan parecida a las fotos del libro de Doña Petrona. Hojeé una carpeta llena de escritos de un abuelo. Algunos a máquina, otros a mano con esa tinta borroneada por el paso del tiempo. Vi las calificaciones del colegio de cierta gente. Encontré un manual del alumno bonaerense de tercer grado. Me sorprendí con tantos certificados de asistencia a cursos sobre tecnología. Vi la persistencia de cierta gente en no caer en la mediocridad. Volví a sonreír al ver la tapa de determinados libros. Miré atentamente el árbol genealógico de los Buendía de Macondo. Acaricié con las manos llenas de tierra esa edición de Alianza de Arquitectura Paleocristiana y Bizantina por Krautheimer, tan mía, tan impecable, tan estudiada hasta el último de sus detalles. Encontré una colección sobre tejido, y aprendí que los cuadraditos con los que le tejí la mantilla a mi hija cuando nació se llaman "Vieja América". En sobres de papel madera descubrí las fotos de mi casamiento, que tomé una por una para darme cuenta de cómo habían cambiado las cosas, cuánta gente hoy falta. En el último estante, estaba el álbum en el que pegué las rosas que me regalaron, las pocas palabras que me escribieron y algún que otro dibujito. Vi La cruz invertida, que me dedicó hace unos cuantos años Marcos Aguinis, y que nunca leí porque no me engancho con la novela histórica. En fin, el mundo inescrutable se abrió para mí. He descubierto y recordado tanto en estos días. Ojalá hubiese tenido más tiempo para dedicarle antes de encerrarlo en cajas de 55x30x30.

lunes, 8 de octubre de 2007

Mi elefante rojo

Hay cosas de las que cuesta muchísimo separarse. Uno ya no sabe para qué las conserva, incluso inservibles, si a veces están celosamente guardadas, casi escondidas.
Alguien me regaló una vez un elefante rojo de plush que era en ese entonces, mucho más grande que yo. Por ahí deben estar las fotos que he visto mil veces, en las que estoy en mi dormitorio, con mis escasos añitos, mi vestidito blanco, y ese pelo negro, bien lacio y sobre la cara, parada al lado de mi elefante. Ya de más grande me molestaba, y lo ponía siempre en un rincón del cuarto hasta que empecé a usarlo de perchero. Toneladas de remeras colgaban de la trompa. Como todos los muñecos de esa época estaban rellenos de semillas varias, y luego de tantos años, a falta de agua, en vez de germinar, mi elefante se llenó de bichos. Mi mamá insistía en que lo tirara, yo me negaba rotundamente. Hasta que una tarde, decidida, se lo llevó. Lloré y lloré; no por mi elefante, sino por los años en los que el elefante me había acompañado. Me levanté de la cama, fui al incinerador y allí lo encontré, solito y a oscuras. Lo agarré de su trompa enferma y lo llevé nuevamente a mi cuarto. No recuerdo hasta cuándo estuvo conmigo, ni cómo se fue definitivamente. Yo ya había hecho mi duelo.

Yo, Migral Compuesto

Él sufre de los mismos dolores de cabeza que yo. De esos que me obligan a bajar las luces, tomarme cuanta pastilla encuentre, darme una ducha congelándome con tal de dejar la cabeza bajo el agua helada y encerrarme en mi dormitorio para morirme sobre mi cama. Pero él además, se congestiona. Cuando veo sus ojos disminuyendo su tamaño, su cuerpo apichonado y un pañuelo en sus manos, tiemblo. Sólo quien conoce lo que significa padecer una migraña , cuando ve aparecer esos síntomas, sabe que es el comienzo de una guerra perdida. Y ahí está él, sentadito en una silla haciéndome el aguante, con sus piernas abrazadas delante de su pecho tan bonito, moqueando, escondiendo cada tanto su cabeza entre sus rodillas para evitar la luz. En estos casos quisiera creer en los poderes de bruja que siempre me atribuyeron y nunca supe encontrar. Quisiera abrazarlo y con mis manos en su frente ahuyentar ese dolor. Quisiera que un tecito tibio lo aliviara, que el aire fresco que entra por la ventana de la cocina lo despejara un poco. Pero se cómo son estas cosas. Incluso, mejor ni dirigirse la palabra, porque todo molesta. Seguramente, ahora se levante y se vaya a pegar una ducha.

domingo, 7 de octubre de 2007

Los ñoquis no son sólo del 29

Y si...es el karma de mi familia...no hay nada que hacer. Esta mañana llevé a los chicos a la guardia. Uno por sus mocos vitalicios y la otra por una renguera medio artística que resultó en esguince. Los vio la pediatra y nos pidió que fuésemos a rayos a sacar una placa de tobillo a Andreita del Boca. Como hay que entrar en otro sector del sanatorio, antes del ingreso al ascensor, hay un pequeño escritorio con una señorita de una empresa de seguridad que se encarga de anotar en un libro de actas los datos de los menores que ingresan y alguno de los padres. Me preguntó los nombres de los chicos y el mío. Anotó todo y nos puso a cada uno una pulsera identificatoria con el nombre, la que nos sacarían al salir. Bajamos al primer subsuelo y mientras estábamos en la sala de espera Iñaki me pidió upa y lo alcé. Le habían puesto la pulsera en el tobillo, ya que tenía una campera con puños ajustables. No se me había ocurrido mirarla, hasta ese momento. Si Guadalupe con diéresis me resultó extraño, mi hijo con nombre de pasta, más aún.
Le sacamos una foto, porque hay cosas que no pueden dejar de mostrarse.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Y yo que pensaba que Iñaki era complicado

Guada recibió la tarjetita de invitación al cumpleaños de su compañera Francesca. Esta mañana, después de dejarla en el jardín, fui al centro de Banfield a comprarle el regalito. Elegí una carterita de Princesas, obvio. La empleada del negocio la envuelve, le pone un moñito turquesa al paquete y saca una tarjetita preimpresa que decide escribir ella en vez de dejarme a mí . Me pregunta el nombre de la cumpleañera. Le digo Francesca, lo pronuncio con ch, y le aclaro que se escribe con c. Ella escribe Fransesca. No, no, con c...Franccccesca, le digo enfatizando la c. Se da cuenta del error, y en vez de cambiar la tarjetita, remarca con birome la c sobre la s. A esa altura, la tarjetita ya parecía un mamarracho. Yo pensé, la dejo y en casa la cambio. Acto seguido me pregunta el nombre de quien regala. Guadalupe Bueno. Aclaré lo del apellido, porque hay otra Guadalupe en la misma sala. Suponer que había entendido el apellido de entrada, ni soñando. Me resigné cuando me miró esperando que le deletreara B-u-e-n-o. Pero no lo hice. Ella sólo escribió Guadalupe. Pero para mi sorpresa, luego de treinta y pico de años de haber luchado con un nombre tan complicado como el mío, cuando termina de escribir la e final, culmina con dos puntitos sobre la primera u del nombre....si, si, si....como lo leen...Güadalupe. Cuando logro salir de mi asombro, le digo que no lleva diéresis. Ella me mira extrañada diciéndome -ah, ¿éste no?. Ahí soy yo la que mira extrañada. No, le digo, no lleva, está mal escrito. Y ella me dice con cara sobradora - entonces, te la anotaron mal en el Registro Civil. Ah bueno, ésto es too much. Como dice mi marido, no tires del hilo porque se puede cortar. A sonrisa falsa con labio torcido nadie me gana, así que casi riéndome le dije - mamita (cómo me gusta usar esa palabra en casos como éste), la diéresis se usa con la e y la i, no con la a. Y no conforme me dijo-¿Estás segura?- La mato, o me voy....-si, fijate en el diccionario...

martes, 2 de octubre de 2007

Enjaulada


Estaba en la cocina lavando los platos del almuerzo. Dejé correr el agua hasta que se calentara lo suficiente. Miré por la ventana. Pude ver la lluvia caer en la vereda y los árboles bailar acompañando al viento. Tarde gris, húmeda, casi pegajosa. En el patio, sobre uno de los tirantes que sostienen el techo abovedado de policarbonato, un pájaro me miraba. Del tamaño de una cotorra de esas que hay en la plaza de en frente, negro, y con el pico encorvado. No pude sacarle los ojos de encima, y parecía que él se daba cuenta. Estático, lo único que movía era el pico. Lo abría y cerraba casi en cámara lenta. No emitía sonidos. Me puso la piel de gallina. No podía quitar de mi cabeza la película de Hitchcock. Extendió las alas y voló hacia mí. Golpeó con fuerza la ventana cerrada. Un vaso de vidrio estalló entre mis manos.

lunes, 1 de octubre de 2007

El tren se va, saquen los boletos




Él solía llevarme, generalmente a la hora de la siesta, a una estación de trenes muy cerquita de su casa. El edificio era de estilo colonial, pintado de blanco y amarillo, con un gran balcón que daba hacia la calle de acceso, que si mal no recuerdo, estaba empedrada. Un molesto silencio me ensordecía al entrar, y el eco de mi risa me traía de vuelta. El hall era enorme, y alto, demasiado para mi corta edad. Nunca vi gente dentro. En realidad, creo que tampoco vi ningún tren. Supongo que en esos años, la estación ya estaba abandonada. Me pregunto cómo hacíamos para entrar entonces. No lo sé, sólo me recuerdo dentro y caminando sobre las vías de su mano, para no perder el equilibrio.


Esta tarde fuimos a los talleres del Roca en Escalada. Funciona un museo ferroviario y una diminuta trochita. Cuando entré y vi esos vagones y locomotoras tan viejos, mis hijos rodeados de vías y pasto verde primavera, deseé que ellos sintieran los mismo que yo hace casi treinta años atrás.







domingo, 30 de septiembre de 2007

El tuco, como a mí me gusta


Tengo derecho a elegir la salsa en la que voy a ser devorado. Esa era su frase de cabecera. En su pesimismo mantenía cierto dejo de esperanza. Como dice mi tía Rosi, era un cabrón, aunque no dejaba de ser un buen tipo. Los años de terapia lo llenaron de egoísmo, de una altanería asquerosa casi soberbia. Tenía la costumbre de hablar demasiado. Y su memoria prodigiosa guardaba con exquisitos detalles anécdotas propias y ajenas. Sabía agradar a hombres y mujeres, mayores y menores que él. No tenía medias tintas; te aceptaba o rechazaba al punto de insultarte gratuitamente, sin piedad. Pero tenía cierto ángel. No sé si era su aspecto de niño ingenuo, su corta estatura o su cabello largo. Esos ojos verdes cercados por su melena dorada, hechizaban a cualquiera. Bien pude haberme enamorado de él, pero ya sabemos que no me gustan los rubios.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Y dale con Pernía

Después de sesenta años de matrimonio, otra vez más, como cada diez años, se quiere separar.
Si hay algo que ha estigmatizado mi vida, son las separaciones. A esta altura ya no me sorprenden, y han pasado a ser moneda corriente tanto en mi familia materna como en la paterna. Todavía no se atrevió a hablar conmigo. Pero hoy supe que quiere dejarlo. Cansada de los silencios y seca de tanto llorar, dijo que se va a ir a vivir a Mendoza, o a Córdoba, supongo que con alguna de sus hermanas que esté dispuesta a recibirla. Comenzaremos otra vez con la cadena de llamados, las idas y vueltas, las charlas interminables, para concluir, como siempre, en la misma pregunta. ¿Qué van a hacer el uno sin el otro? Si son incapaces de sobrevivir separados. Ya veremos. Mañana la llamaré para ver si me dice algo. Pondremos en autos al único heredero para que tome cartas en el asunto. Y nuevamente, reto mediante, harán caso omiso a lo indicado, para seguir viviendo en silencio hasta los próximos diez años.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Restos diurnos


Creo que no hay nada peor que ver a un hijo temblar de dolor.



Yo estaba en un supermercado, caminando entre las góndolas con un changuito y mi cartera nueva. Se acerca una chica. Usaba una remera azul, el cabello largo, negro y lacio y un flequillo bastante tupido. Me pide algo. No recuerdo qué, pero estimo que sería algo de plata. Yo se lo niego. Ella me mira con ojos odiosos y me dice "Dios te va a castigar". Inmediatamente, se tira sobre el changuito para llegar a mi cartera. Grito, como loca, "me están robando" y nadie responde. Por esas cosas raras que tienen los sueños (o al menos los míos), el changuito se convierte en canasto, pero de metal eh...y con una furia animal lo levanto y con el ángulo inferior izquierdo comienzo a pegarle a la chica en la cara. Ella termina apoyada sobre una góndola (que a esta altura se había convertido en un panel de lockers rojos) y yo sigo, enceguecida, destruyéndole la cabeza hasta borrar el último vestigio de rostro para dejarla caída en el piso en medio de un baño de sangre.

Hasta ahí, mi recuerdo...

domingo, 23 de septiembre de 2007

Montchenot, por favor


Ella tiene un turno con una profesional. De esas que no conocés sino a través de la cartilla de prestadores y elegís sólo por el domicilio. Todavía cree que él la va a acompañar. Cuando le pasa los datos de la cita, él le dice que no puede asistir, que tiene un compromiso. Ella especula, duda, consulta y concluye. Hay partido de fútbol. Pero quizás, recapacite y vaya. Por si acaso, le pasa la dirección y el horario. Todavía le tiene fe. Me llama y me cuenta. Yo digo que no va a ir. Ella me porfía. Apostamos una botella de vino tinto. Ella está sola sentada frente a su inquisidora. Duda, da vueltas, confiesa. Como dijo Jack, todavía apuesta a su favor.

Tu imagen en mi

Cuando vi esa estatuilla toba supe que era lo que tenía que tatuarme. Necesitaba plasmar en la eternidad mi amor hacia vos, mi protección incondicional, mi culpa. Le saqué una foto, y la mandé por mail a quien hoy puedo decir entendió magistralmente mi corazón y supo ilustrar lo que yo quería. ¿Cómo dibujar que mamá te sostiene entre sus manos, acariciándote tibiecito, para que te sientas otra vez como en la panza, tan a salvo, tan sanito? Así mi amor, simplemente así. Como lo ves al inicio de esta página, y como lo veo todos los días de mi vida, cuando descubro mi espalda para verme en el espejo.
Gracias a Diego Biro.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Algo de 421


Llegué al punto de no retorno. Parecía tan lejano. Como cuando uno dice "en un par de meses" o "para la siguiente temporada". Y resulta que aquí estoy. Si los domingos son tristes, éste es el peor de todos. El que diga que se va contento, miente. Salvo, que la haya pasado muy mal. Y no ha sido mi caso. Estos últimos cuatro años me he divertido mucho. Han sabido tratarme, me enseñaron, me apoyaron, confiaron, me alentaron (de muy distintas maneras), me recompensaron día a día con alguna pequeña señal de afecto. Me siguieron, me estudiaron, me conocieron bien, muy bien. Me ignoraron hasta negarme el saludo, para después de digerir la bronca volver a empezar. Me adularon, quizás más de lo debido. Me cebaron mate hasta el hartazgo, y dulce, como me gusta. Me llamaron de mil maneras distintas, aunque siempre preferí darme vuelta o levantar la vista al escuchar a alguien decir "Negra". Me hicieron llorar, me hicieron maldecir. Más de una vez me encontré haciendo montoncito y preguntando "pero, ¿qué te pasa?". Y dejé, como es mi costumbre, de hablar durante unos días para tomarme mi tiempo para perdonar y entender determinadas cosas. Aprendí a reírme de mis defectos, de mis desgracias y a exaltar mis virtudes, pocas, pero mías. Aposté mis pobres fichas a muy poca gente, y no me equivoqué. Será porque siempre fui muy desconfiada. Hice, deshice, probé, cambié, volví a hacer. Creé mi propio orden, austero, simple, tan simple. Traté, con mi mayor esfuerzo, de no generar conflictos. Ya estoy grande para tener ese tipo de problemas. Quise no deberle nada a nadie, porque a quienes algo me dieron, procuré devolverles el doble. Creí y apoyé determinadas ideas, que supe ilógicas desde su nacimiento, con el sólo afán de no decepcionar a gente que quiero. Adoré algunos viajes, algunos almuerzos, algunas charlas y algunos mailes. Me preocuparon determinados silencios, ciertos cambios de humores, pero todos fueron, tarde o temprano, pasajeros.

Y hoy me encuentro, me atrevo a decir, tranquila, confesa. Y todo se termina en un 19 de septiembre, para vivir sólo en mi recuerdo y en todos aquellos que leen y saben de lo que estoy hablando.

Mañana, comenzaré a despedirme.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Ella en su madeja


Había algo en ella que le llamaba la atención. Y eso que era un tipo muy difícil de sorprender. Era unos años mayor que él. Aunque tenían el mismo apellido, se encontraron recién en su adolescencia. Radicalmente diferentes, de costumbres muy distintas…ella leía a Borges y él desarmaba autos. Comenzaron a frecuentarse, rigurosamente cada fin de semana. Y cada uno con lo suyo, lograban una comunión ilógica. Ella era fresca, desprejuiciada, espontánea. Él vivía atrapado en su laberinto, enredado en su madeja de buenas costumbres e ideales de familia inquebrantables. Ella pudo haberle volado la cabeza, con una sola señal. Y él hubiese hecho caso omiso a sus deseos, aún a los más perversos. Pero nunca sobrepasó el límite, se mantuvo en el borde, al extremo del traspié. Le mostraba, le insinuaba, le susurraba, lo incitaba, lo acariciaba con sus uñas impecables, largas, filosas. Lo llevaba y lo traía para volver a dejarlo en el mismo lugar del que lo había arrancado con los dientes. Y él se dejaba. Años después, cuando él no se hubo cansado aún, entró a la iglesia llevándola del brazo para entregarla en el altar.

martes, 11 de septiembre de 2007

La del 5 de enero

Comenzó a despedirse, de a poco, de algunos de sus afectos. El final se acercaba pero se negaba a verlo. Tomó cuenta del tiempo, de las fechas, de lo poco que quedaba y lo mucho que tenía por hacer. Después de postergar un almuerzo durante semanas, no quiso dejarlo pasar más. La llamó y confirmó hora y lugar. Amaneció con lluvia. Pensó en la ropa que se había puesto a la mañana, apurada, sin prestar demasiada atención. En esos zapatos bajos, de suela lisa, que indefectiblemente resbalarían con el agua de las veredas y la dejarían en el piso con más de un moretón. Pero no le importó. Ciertas cosas se volvieron impostergables. Salió diez minutos antes, caminó bajo la lluvia hasta llegar a la puerta de la galería. Y allí estaba ella, esperándola, con su panza de siete meses. Hablaron por casi una hora, para despedirse con un abrazo más largo que los anteriores. Cuando volvía ya había dejado de llover, y cruzó la Plaza de Mayo pensando que probablemente nunca vaya a conocer a Francisco.

domingo, 9 de septiembre de 2007

No patina más


Por fin, el día que cumplió los quince meses, empezó a caminar. Hace un tiempito que tantea, se para, da dos pasos, se cae de cola y gatea de nuevo. Recién ayer, creo que perdió el miedo. Hoy, se puso de pie para enfrentar al mundo desde otra altura.

Y Guada me dijo con su sonrisa más grande llena de dientes chiquititos: -mami, Iñaki no patina más-.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Tantos años después

Un dulce de leche con cara de recio me hizo un regalo. Yo lo comparto con ustedes, con todos los que forman parte de mi juego.